Desde hace tiempo, sentía la necesidad de cambiar la dinámica de mis clases. No porque no funcionara lo que hacía sino porque sabía que podía funcionar mejor. Buscaba una metodología que respetara los ritmos del alumnado, fomentara su autonomía y, al mismo tiempo, me permitiera a mí observar de verdad cómo aprende cada niño y cada niña. Fue entonces cuando empecé a trabajar de forma sistemática con estaciones de aprendizaje, y puedo decir que se ha convertido en una de las experiencias más enriquecedoras de mi práctica docente.
El trabajo por estaciones consiste en organizar el aula en diferentes espacios o «paradas» cada una con una actividad distinta, interrelacionando varios bloques de contenidos. El alumnado rota por ellas, normalmente en pequeños grupos, gestionando tiempos, materiales y tareas. Pero más allá de la definición teórica, lo realmente interesante es lo que ocurre dentro del aula.
Es una de las situaciones de aprendizaje que mejor ha funcionado, comenzamos repasando los números naturales a través de juegos y actividades manipulativas. En una estación analizamos el clásico Hundir la flota, adaptado con coordenadas y números, y en otra el juego Kaboom, que convierte el cálculo mental en un reto emocionante. El simple hecho de aprender jugando cambia por completo la actitud del alumnado: participan, se implican y pierden el miedo al error, porque el error forma parte del juego.
En otra estación, la actividad consistía en crear un comecocos con operaciones básicas. Aquí no solo repasaban cálculo, sino que tenían que seguir instrucciones, doblar correctamente, comprobar resultados y, finalmente, jugar con sus compañeros y compañeras. Este tipo de tareas combinan matemáticas, motricidad y cooperación, y permiten que cada alumno y alumna aporte algo al grupo, independientemente de su nivel académico.
Una vez afianzados los números naturales, dimos el salto a las áreas de las figuras planas, y lo hicimos con materiales muy visuales y atractivos. En una estación trabajamos con un llavero matemático, donde tenían fórmulas claras, ejemplos y apoyos visuales que podían consultar de forma autónoma. En otra, elaboraban un lapbook, que les ayudaba a organizar la información de manera visual y significativa, convirtiéndose además en un recurso que podían reutilizar más adelante.
La última estación estaba basada en la resolución de problemas ambientados en el Antiguo Egipto, una temática que, por experiencia, resulta muy atractiva para el alumnado. Las pirámides, los faraones, los jeroglíficos y los misterios de esta civilización despiertan su curiosidad de forma natural. Contextualizar los problemas en este marco narrativo hace que las matemáticas dejen de ser abstractas y pasen a tener sentido: calcular áreas para construir pirámides o repartir terrenos a orillas del Nilo transforma un simple ejercicio en una pequeña aventura. Cuando el contenido conecta con sus intereses, la motivación aumenta de forma inmediata.
Uno de los grandes beneficios de las estaciones de aprendizaje es que fomentan la autonomía. El alumnado aprende a leer consignas, organizarse, tomar decisiones y resolver pequeños conflictos dentro del grupo. También se potencia el trabajo cooperativo, ya que cada estación invita al diálogo, a la ayuda mutua y al reparto de roles. Y, por supuesto, la motivación: el aula se llena de movimiento, de conversación y de ganas de aprender.
Desde el punto de vista docente, trabajar por estaciones es una auténtica maravilla. Mientras el alumnado está activo, yo puedo moverme por el aula, observar, escuchar, hacer preguntas clave y recoger información muy valiosa sobre el proceso de aprendizaje. No solo veo si llegan o no al resultado correcto, sino cómo lo hacen, qué estrategias utilizan, dónde dudan y en qué momento necesitan apoyo.
Además, muchas de las actividades cuentan con adaptaciones pensadas desde el DUA (Diseño Universal para el Aprendizaje). Esto implica ofrecer múltiples formas de representación (material manipulativo, apoyos visuales, ejemplos claros), de acción y expresión (respuestas orales, escritas, manipulativas) y de implicación (juegos, retos, narrativas). Por ejemplo, las instrucciones están fragmentadas y apoyadas con iconos, los materiales permiten la autocorrección y se ofrecen distintos niveles de dificultad en una misma estación. De este modo, el alumnado con dificultades de atención, lectoescritura o comprensión puede participar en igualdad de condiciones, sin sentirse señalado ni limitado.
Otro aspecto clave en la puesta en práctica de las estaciones de aprendizaje es que siempre las llevo a cabo mediante docencia compartida. Contar con dos docentes en el aula marca una diferencia enorme, tanto para el alumnado como para nosotras mismas. Esta organización nos permite ofrecer una atención mucho más individualizada, detectar dificultades en el momento en el que aparecen y acompañar de forma más ajustada a cada grupo. Habitualmente, una de las docentes permanece fija en la estación de resolución de problemas, que suele requerir mayor guía, andamiaje y reflexión conjunta, mientras que la otra va rotando por el resto de estaciones, observando, resolviendo dudas puntuales y recogiendo evidencias del trabajo diario. De este modo, la evaluación se integra de forma natural en el proceso de aprendizaje: no evaluamos sólo el resultado final, sino las estrategias, la participación, la cooperación y la evolución de cada alumno y alumna a lo largo de la sesión. Trabajar así no solo mejora la calidad de la enseñanza, sino que también reduce la sensación de ir “a contrarreloj” y convierte el aula en un espacio más calmado, organizado y eficaz.
En definitiva, las estaciones de aprendizaje han transformado mi manera de enseñar y la forma en la que mi alumnado se enfrenta al aprendizaje. El aula deja de ser un espacio forma en la que mi alumnado se enfrenta al aprendizaje. El aula deja de ser un espacio rígido para convertirse en un entorno flexible, inclusivo y lleno de oportunidades. No es una metodología perfecta ni mágica, pero sí una herramienta poderosa que, bien planificada y coordinada, pone al alumnado en el centro y devuelve a la enseñanza algo esencial: el placer de aprender juntos.







